El blog de Roberto Herrera

Los límites de lo que se ve. La nueva conflictividad obrera.

TINA MODOTTI. Hombre cargando viga

La ciencia ficción y la ideología.

Hay una serie en Netflix, llamada Viajeros (Travelers) es una serie de ciencia ficción, el argumento es sencillo: hay personas entre nosotros que viene del futuro y han descubierto la forma de transportar sus conciencias a otros cuerpos. Los seres humanos del futuro (los Viajeros) trasladan sus conciencias hacia un nuevo cuerpo, en el instante mismo en que una determinada persona del siglo XXI está muriendo. Este momento es conocido por los por los Viajeros. En el preciso instante de la muerte de una persona en el siglo XXI queda conectado su viejo cuerpo y la nueva conciencia. La historia va, dentro de otras cosas en cómo estos Viajeros se adaptan a la vida en el siglo XXI y logran simular la continuidad vital entre quienes en realidad son dos personas.

Lo que me pareció más interesante de la serie, es que los Viajeros antes de ser “disparados” hacia el siglo XXI, tienen que estudiar la vida de su futuro cuerpo y para eso lo único con lo que cuentan es con su historial de Facebook y con las noticias de la época, muchas veces hay desajustes entre estas informaciones y la vida real.

Me llamó mucho la atención pues, si una historia así se desarrollará en Costa Rica. Los Viajeros llegarían a la conclusión que están llegando a un país donde nadie trabaja y donde la clase obrera no existe. Donde todo es economía de servicios y profesionales liberales.

Y aquí la ciencia ficción se vuelve, ideología, justificación.

¿A quién le importa la clase obrera?

Desde hace dos años estamos involucrados en el desarrollo de un sindicato industrial de la empresa privada: Sitrasep. Hemos aprendido mucho, pero de las cosas que más he aprendido es ver lo potente que en este país se ha vuelto la ideología, de desprecio y ocultamiento por la clase obrera y la condición obrera. Una mezcla de justificación, disculpa, desprecio de clase e ignorancia sin más recubre el conocimiento y el reconocimiento de la nueva conflictividad obrera de este país.

En los dos años que han pasado he visto más conflictividad obrera, que la que he visto en 20 años de militancia: los obreros agrícolas en La Luisa, Exportaciones Norteñas y Ticofrut, los obreros de la construcción en Sánchez Carvajal, MAVACON, el City Mall, los obreros del plástico en Sajiplast, las trabajadoras de limpieza de Selime. A estos conflictos habría que sumarles los del Ingenio Taboga, Dos Pinos y ALUNASA que aunque no estuvieron vinculados a Sitrasep, hacen parte del mismo fenómeno. Son conflictos aún pequeños, pero sin duda son un nuevo fenómeno, que debería ser pensado y analizado en la esfera púbica y sin embargo no lo es.

Los conflictos obreros, la mayoría del tiempo, no son tomados en cuenta ni por el periodismo mainstrem, ni por el “progresista”, tampoco por la gran mayoría de intelectuales y centros de investigación, ya no se diga por los partidos políticos con representación parlamentaria.

Leo todos los días con mucho interés el informe noticioso de Diego Delfino, y por más que lo busco solo habla de los conflictos laborales para: 1) Defender al gobierno de los sindicatos de empleados públicos. 2) Hablar de la inevitabilidad de “economía digital” y como los taxistas quieren echar atrás le rueda inevitable de la trasformación tecnológica. Nunca he visto algún comentario sobre como “la economía colaborativa” es una ideología, vinculada a una empresa imperialista para desregular aún más el trabajo en el ramo de servicios. O que una de las experiencias fundamentales de los choferes de Uber en Londres, es su lucha por el reconocimiento como sindicato y como trabajadores, cosa a la que se niega la empresa, la cual considera la relación que establece con sus trabajadores, del mismo tipo que la que yo establezco cuando uso mi aplicación para correr. Y alguna diferencia hay entre el deporte recreativo y las relaciones laborales.  Aún sigo esperando que alguien se aproxime al problema por ese lado, empezando por el editor del servicio de noticias.

El otro caso llamativo es el de la vieja izquierda estalinista, el abandono de la clase obrera, ya no como sujeto de la transformación social avanzada, sino tan siquiera de la palabra es más que notable. El término ha sido sustituido por otros: ciudadanos, movimientos sociales, “los más humildes”. Pero nunca “la palabra con C”.  Edgardo Araya en toda su campaña electoral nunca uso el término sindicato, ni clase obrera. No creo que haya sido un olvido. Es una política consiente, revestida por una potente ideología: la clase obrera no es el sujeto social de la revolución social o “el cambio social”.

Los hechos  fríos.

El Informe del Estado de la Nación del año 2017 es categórico señala como se ha reportado, en múltiples ocasiones: “el alto incumplimiento que se da en el país, de garantías laborales como el aguinaldo, días pagos por enfermedad, vacaciones pagas, seguro de riesgos del trabajo, pago de horas extra y aseguramiento ante la CCSS”. Para el año 2015: “solo un 39,4% de los trabajadores asalariados disfruta de todas las garantías mencionadas, mientras que un 17,9% no tiene acceso a ninguna de ellas y un 42,7% obtiene un cumplimiento parcial. El aguinaldo y el seguro social tienen los mayores porcentajes de cumplimiento (superiores al 70%) y en el extremo opuesto se ubican el pago de horas extra y el seguro de riesgos del trabajo, con 51% y 63%, respectivamente.” Ha estos datos habría que sumarle un desempleo de 10% desde hace diez años y una informalidad que ronda el 40% y que Costa Rica es una de las sociedades de la OCDE donde más se trabaja: 2212 horas por año, equivalente a 42,5 horas semanales (8,5 horas por día hábil).

Pese a estos datos fríos las ideologías que sostienen que Costa Rica es una “sociedad conectada, moderna”, donde el que no progresa es porque no quiere o donde lo único que hace falta es “dar la última milla extra” o “salir de la zona de confort” son particularmente extendidas y aceptadas. De hecho son las ideologías que sostiene al gobierno de Carlos Alvarado.

Los empresarios nacionales y extranjeros han construido en los últimos 20 años, un país donde incumplir el Código de Trabajo es un deporte nacional, donde respetar las leyes laborales se cree que es opcional. La demostración es sencilla, todos conocemos al menos un caso de alguien a quien no le respetaron alguno de sus derechos laborales, sino es que es uno mismo quien la sufrió.

Se olvida con frecuencia que el Código de Trabajo, es lo mínimo a lo que se deben atener los empresarios y que justamente el derecho laboral está pensado para que los derechos sean progresivos, es decir que a través del sindicato, la convención colectiva y el ejercicio del derecho a huelga se conquisten más derechos laborales.

El espectro de la ideología.

Hay algunos fenómenos que me llaman la atención de la evidente contradicción entre un país que se imagina como democrático, pero que en los hechos tiene ilegalizado al movimiento obrero. Señalare algunos, sin mayor prioridad:

  • En el país la palabra “sindicalista” tiene una carga valórica negativa, suena peor decir “soy sindicalista”, que “soy socialista”. Gracias al trabajo de la prensa y los partidos patronales buena parte de los costarricenses y de sus intelectuales cree que “los sindicalistas” son una especie de organización delictiva o una banda de matones que tiene una influencia de no sé merecen. Se dice “soy sindicalista”, como se podría decir “soy pandillero”. La razón de esto es sencilla, para el gobierno, que no es más que el comité ejecutivo de los grupos empresariales, puedes tener las ideas que quieras sobre cómo tiene que estar organizada la sociedad, lo que no puedes hacer es organizar al movimiento obrero para interrumpir las ganancias de los capitalistas. El gobierno y la burguesía costarricense recuerda a aquel comerciante de Chicago, que refiriéndose a Albert Parsons y Agust Spies dijo: “No, yo no considero culpables de ningún delito a esas gentes, pero se les debe ahorcar. Yo no le tengo miedo a la anarquía. ¡Oh no! es el esquema utópico de unos cuantos maniáticos filantrópicos, que hasta resultan agradables. ¡Pero lo que sí considero que debe ser aplastado es el Movimiento Obrero!”
  • La clase obrera dejó de ser un objeto de estudio en las Universidades. Trabajando en la universidad durante 10 años, una de las cosas que más me llama la atención es el notable desconocimiento (que a veces se transforma en autosuficiente ignorancia) que hay en las universidades sobre la clase obrera y su vida. Si bien yo puedo pedirle a mis colegas que me digan el nombre de 5 intelectuales franceses, 5 presidentes extranjeros o 5 científicos connotados y la mayoría de docentes lograría pasar la prueba, con dificultad la pasaría si les pidiera el nombre de 5 secretarios generales de algún sindicato o cuantas centrales sindicales tiene el país.
  • Hace poco fui a una conferencia donde cinco profesionales, por lo demás muy talentosos, comentaban sobre el poder y la estética, a propósito del 40 aniversario de la Compañía de Danza Universitaria y el estreno de la coreografía Ad libitum. Pese a que hubo algunas menciones, me extraño de sobre manera que se hablara tan poco del poder de clase. Sobretodo porque eran conferencistas de varias áreas y porque si algo es notable en Costa Rica es el fortalecimiento en los últimos 20 años del poder y el prestigio de clase. De Keylor Navas a Don Stockwell, de Leonora Jiménez a André Garnier. El arte, el deporte, la política, la vida cotidiana se ha saturado del mensaje: la vida del empresario, la vida de las riquezas y el lujo son la vida a la que debes aspirar. La importancia social de los que haces, se mide por las ganancias que tienes.

El aumento el poder social de la clase capitalista ha producido una extraña ideología donde el reconocimiento social es inverso a la utilidad social. El reconocimiento social de un trabajo tan fundamental como recoger la basura de las ciudades es nulo, o casi nulo. Sin embargo no puedo imaginar un trabajo más socialmente útil. Lo mismo con el cuido de los niños en edad prescolar. Bastaría con que los recolectores de basura y las profesoras de pre escolar se ausentaran tres días al trabajo para ver como la economía y las relaciones sociales de una ciudad como San José se desquiciarían. Sin embargo nuestra vida bien puede ser imaginada y vivida, sin Verónica Bastos o Rene Montiel, sin periodistas de espectáculos o videobloguers. Todos los periodistas de espectáculos del país podrían entrar en huelga mañana y difícilmente notaríamos algún cambio en nuestras vidas. Lo mismo aplica para los profesores de filosofía.

  • En los años cuarentas Costa Rica era un país agrícola. Sin embargo sus representaciones estéticas muchas de ellas eran sobre la condición obrera. Mamita Yunai, Gentes y Gentecillas de Carlos Luis Fallas, Hombres y Bananos de Carmen Lyra muestran la vida de los obreros del banano, de las minas y los talleres. Sin embargo si uno hace una lista de las representaciones cinematográficas y literarias de los últimos años en país y las historias son historias de estudiantes y profesionales, pareciera que entre más obrera se vuelve Costa Rica, menos aparecen los trabajadores en el cine, la literatura y la televisión. Llama poderosamente la atención que cuando se quiere representar un productor directo, normalmente se escoge la imagen del campesino. Aunque Costa Rica, como sociedad hace mucho dejó de ser una sociedad campesina y en lo que consideramos zonas rurales, lo normal entre los productores directos son formas de semi proletarización, es decir campesinos, que también son peones agrícolas. Que en el año 2018, después 30 años de zonas francas, que no haya novelas o películas cuyo personaje principal sea un obrero u obrera industrial, habla mucho de la ideología que domina en el país. No soy defensor del realismo socialista, ni siquiera del realismo, pocas cosas me agradan tanto como la literatura y el cine de ciencia ficción, pero hasta en Juego de Tronos o The Walking Dead aparecen los trabajadores y las clases sociales, justamente porque una buena ficción, no puede olvidar que alguien tiene que labrar los campos o cocinar la comida, la vida no es un viaje permanente a las montañas o la playa.
  • En el mismo sentido que en una Costa Rica, cada vez más obrera y con cada vez más conflictividad obrera, la Universidad de Costa Rica, la principal universidad de Centroamérica, no tenga un instituto que monitoree la conflictividad obrera y la cultura sindical, de hecho que durante muchos años no se haya dictado el curso de Sociología del Trabajo y que apenas existan sociólogos que tengan como especialidad ese tema. Es otra muestra de cómo ha avanzado la ideología de un país sin clases, o donde la clase no es un problema ni siquiera digno de indagación sociológica.
  • En un reportaje reciente del Semanario Universidad, se hablaba de como una odiosa desigualdad nos había hecho retroceder 40 años, los datos son expresivos algunos distritos de Costa Rica tienen la vida de una ciudad europea, otros la vida de África subsahariana, todo separado por algunos kilómetros.

El misterioso secreto de la desigualdad o de lo que el Informe del Estado de la Nación llamó “las dos economías” es justamente que no son contradictorias, sin que una se alimenta de la otra.

La Costa Rica de los distritos financieros, donde frecuenta Edna Camacho y su esposo, las bodas de 10 millones de colones como la que tuvo Epsy Campbell, los helicópteros, los caballos prestados por Juan Carlos Bolaños, los yates con magistrados, los doctorados en Sussex y las temporadas en Brighton, como las de Carlos Alvarado y los empleos en Dubai y Catar, como los de Claudia Dobles, se alimentan de un 45% de trabajos manuales y poco calificados en la agroindustria (como la del esposo de Epsy Campbell), en la construcción, en el comercio, en la industria de la madera, el plástico y la alimentación.

La media de salarios de los afiliados a Sitrasep ronda entre los 240 000 y los 400 000 colones. La mayoría son personas con obligaciones, con hijos y adultos mayores que cuidar y/o educar, muchos sufren los infinitos problemas de salud asociados a la dureza y la súper explotación de los trabajos manuales, problemas de salud que pueden ir desde la intoxicación por químicos hasta la muerte, hemos denunciado tres casos de este tipo en la Hacienda de café La Luisa, en Sajiplast, recientemente en Euromobila. Ernesto Campos, Andrés Hernández, Brayan Orozco era sus nombres. La noticia de obreros que dejan la vida en la fábrica, apenas generan empatía en la “opinión pública”, aunque debe ser un de las formas más infames de genocidio social que hemos conocido.

Ya hace más de siglo y medio había dicho Federico Engels: “Cuando un individuo hace a otro individuo un perjuicio tal que le causa la muerte, decimos que es un homicidio; si el autor obra premeditadamente, consideramos su acto como un crimen. Pero cuando la sociedad pone a centenares de proletarios en una situación tal que son necesariamente expuestos a una muerte prematura y anormal, a una muerte tan violenta como la muerte por la espada o por la bala; cuando quita a millares de seres humanos los medios de existencia indispensables, imponiéndoles otras condiciones de vida, de modo que les resulta imposible subsistir; cuando ella los obliga por el brazo poderoso de la ley a permanecer en esa situación hasta que sobrevenga la muerte, que es la consecuencia inevitable de ello; cuando ella sabe, cuando ella sabe demasiado bien que esos millares de seres humanos serán víctimas de esas condiciones de existencia, y sin embargo permite que subsistan, entonces lo que se comete es un crimen, muy parecido al cometido por un individuo, salvo que en este caso es más disimulado, más pérfido, un crimen contra el cual nadie puede defenderse, que no parece un crimen porque no se ve al asesino, porque el asesino es todo el mundo y nadie a la vez, porque la muerte de la víctima parece natural, y que es pecar menos por comisión que por omisión. Pero no por ello es menos un crimen. Ahora pasaré a demostrar que la sociedad en Inglaterra comete cada día y a cada hora lo que los periódicos obreros ingleses tienen toda razón en llamar crimen social; que ella ha colocado a los trabajadores en una situación tal que no pueden conservar la salud ni vivir mucho tiempo; que ella mina poco a poco la existencia de esos obreros, y que los conduce así a la tumba antes de tiempo; demostraré, además, que la sociedad sabe hasta qué punto semejante situación daña la salud y la existencia de los trabajadores, y sin embargo no hace nada para mejorarla: En cuanto al hecho de que ella conoce las consecuencias de sus instituciones y que ella sabe que sus actuaciones no constituyen por tanto un simple homicidio, sino un asesinato, puedo demostrarlo citando documentos oficiales, informes parlamentarios o administrativos que establecen la materialidad del crimen.”

Hoy el esfuerzo que realizamos desde el Partido de los Trabajadores y desde Sitrasep sigue siendo el mismo que se planteó Engels en 1845, acompañar y desarrollar el movimiento obrero.