El blog de Roberto Herrera

SOBRE LA REVOLUCIÓN

Voy a empezar con un poema sobre la revolución de un leninista salvadoreño, Roque Dalton.

“En una biblioteca de Pekín,

mirando símbolos caligráficos

chinos, ubico poemas leninistas.

 

I

Revolución

Movimiento de color rojo

en la vieja casa del hombre.

 

Revolución:

Fuego en el invierno y en el verano,

siempre correspondiente a la hora-de-la-naturaleza,

siempre expuesta al viento.

 

II

Miseria-del-pueblo exige: Revolución.

Revolución exige: dureza noble de corazón.

Revolución no teme la muerte.

Teme-la-muerte = No-Revolución

 

III

Revolucionario:

Hombre en concordancia consigo mismo

y con el movimiento de color rojo

que estremece su casa.

 

Hay también movimiento en su corazón.

Hay un pájaro rojo en su corazón.

Su corazón es un pájaro rojo que extiende las alas.

 

IV

Necios, pérfidos:

Aquellos que quieren soterrar la llama

y hablan mal del viento.

Para ellos la vida es la-vieja-casa-en-quietud.

Quieren cortar las alas a los pájaros rojos.” (1985,68-69).

 

Esta reflexión se centra en la evolución del concepto de revolución y su importancia para el pensamiento político contemporáneo.

 

El término revolución entró, en el lenguaje moderno, de la mano de las ciencias físicas, recordemos el  De revolutionibus orbium coelestium (Sobre los giros de los orbes celestes), que dice:

 

“Entre los muchos y variados estudios sobre las letras y las artes, con los que se vivifican las inteligencias de los hombres, pienso que principalmente han de abarcarse y seguirse con el mayor afán las que versan sobre las cosas más bellas y más dignas del saber. Tales son las que tratan de las maravillosas revoluciones del mundo y del curso de los astros, de las magnitudes, de las distancias, del orto y del ocaso,  y de las causas de todo lo que aparece en el cielo y que finalmente explican la forma total” (1987,13).

 

En el prólogo a la revolución copernicana de Tomas Kuhn se lee:

 

Aunque la palabra revolución es aquí un nombre singular, el acontecimiento fue plural. En su núcleo constituyó una transformación de la astronomía matemática, aunque implicó también cambios conceptuales en los terrenos de la cosmología, física, filosofía  y religión. (…) Tanto los estudios especializados como los trabajos elementales en ellos inspirados no aciertan a hacer resaltar la más esencial y fascinante de sus características, precisamente la que emerge de la propia pluralidad de la revolución” (1987,9).

.

Entonces este vocabulario traído de la astronomía, que significa el giro de los planetas alrededor del Sol, para llegar al mismo punto de partida, va a ingresar al vocabulario del pensamiento político y social más bien entendido como cambio radical o cambio de raíz, un cambio que “que pone de cabeza el mundo”, que implica cambios en una pluralidad de aspectos, pero en la vida social y política.

 

Una forma que mezcla las dos ideas (la astronómica y la político-social) es el concepto pachakuti, de la sabiduría andina que significa “revolución cósmica”, cito a Josef Estermann: “la misma historia es una secuencia de ciclos y épocas que terminan y comienzan  por un pachakuti (vuelta de “pacha”)  vuelve o regresa a un desorden cósmico, para originar un orden (pacha) distinto” (2006, 199)(…) “No hay continuidad ininterrumpida entre los diferentes ciclos o épocas; el tiempo es radicalmente discontinuo y procede a “saltos” o “revoluciones” cósmicas (pachakuti)” (202)

 

Aunque esta sabiduría andina, se parece más a la filosofía de Empédocles (a los ciclos del amor y el odio), es muy importante resaltar las ideas de un “tiempo discontinuo” y la del “nuevo orden”. Algo cambia en el ritmo del tiempo y algo cambia en las relaciones sociales.

 

Pero debemos nuestras ideas más elementales de revolución a la tradición jacobina francesa, señala el catecismo revolucionario redactado por Maximilien Robespierre: “¿Qué es una revolución? Respuesta: es la insurrección del pueblo contra sus tiranos, es el paso violento de un estado de esclavitud a uno de libertad”  (Labica, 2005, 61).

 

La revolución americana y francesa, probablemente también nos hacen asociar la palabra revolución con la revolución científica, con la revolución del pensamiento, con la lucha cultural contra el obscurantismo, el tradicionalismo, la superstición. La revolución intelectual, copernicana de la ciencia contra la superstición y las costumbres, se hermana con la revolución social y política contra el antiguo orden, contra la Ancien Régime, la razón y la revolución coinciden.

 

Como señala Georges Labica, en su ensayo intelectual sobre Robespierre, para los jacobinos la revolución es una revolución en permanencia “hasta que la naturaleza, la razón y el estado formen un todo indisociable” (Labica, 2005, 65).

 

Las relaciones sociales que hasta ayer han sido guiadas por la superstición, la ignorancia y los privilegios pueden hoy en el nuevo orden ser reconstruidas sabiamente. Ciencia y Justicia, parecen estrecharse la mano.

 

Que genios científicos como Benjamín Franklin, participaran en la revolución americana, al igual que Lazare Carnot y el Marqués de Condorcet en la revolución francesa, ayudan a fortificar esta imagen.  El hecho que Marx, Lenin y Trotsky en obras como El Capital, El desarrollo del capitalismo en Rusia y la Historia de la Revolución Rusa hayan realizado contribuciones imperecederas al saber humano, podría contribuir, también a la imagen de la que la razón coincide con la revolución.

 

No obstante esta imagen es problemática, pues el “tiempo discontinuo” de la revolución, no parece en nada similar al tiempo pausado de la meditación y la investigación, ya Marx desde muy joven, distinguía el arma de la crítica a la crítica de las armas y sabía que la primera no podía sustituir a la segunda.

   

Dice Regis Debray en Tiempo y política: “Garantizar al máximo, mediante el análisis de lo dado, la justeza de la anticipación, es cosa del político como hombre de ciencia. Pero asumir el riesgo de anticipación y probar su justeza mediante la acción, es cosa de sabio como hombre político” (citado en Dalton, 1985,76-77).

 

La ciencia garantiza y anticipa todo a través del análisis. La ciencia histórica es una buena forma de acercarse a la revolución rusa, pues Octubre de 1917 es una de las revoluciones más ensayadas, más anticipadas en el pensamiento, en los debates teóricos y estratégicos de los bolcheviques, mencheviques, los interradios y los populistas. La idea que la revolución de 1905 fue un “ensayo general” de las revoluciones de Febrero y Octubre de 1917, refuerza esta imagen de la anticipación, de una revolución, donde los actores conocían su papel de ante mano.

 

Pero también es imposible entender Octubre de 1917 y sobretodo su actualidad, sin meditar sobre “el riesgo de la justeza en la acción”, es decir sin pensar en la política revolucionaria que pone a prueba la sabiduría y la anticipación que permite la acción revolucionaria y con ello, cambiar el mundo, construir un nuevo orden,  producir un pluralidad inesperada de consecuencias. Es sin duda la ejecución de la conocida tesis materialista: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

 

En el capítulo XLIII del tercer tomo de La Historia de la Revolución Rusa, Trotsky tematiza este problema y desarrolla un concepto: la revolución es “el momento”.

 

“La palabra “momento” no ha de entenderse literalmente, como un día y una hora determinados: incluso para los alumbramientos, la naturaleza concede un margen de tiempo considerable cuyos límites no sólo interesan a la obstetricia, sino también a la casuística del derecho de sucesión. Entre el momento en que la tentativa de provocar un levantamiento, por ser aún inevitablemente prematura, conduciría a un aborto revolucionario, y el otro momento en que la situación favorable debe ser considerada ya como irremediablemente perdida, transcurre un cierto período de la revolución -puede medirse en semanas y, algunas veces, en meses- durante el cual la insurrección puede realizarse con más o menos probabilidades de triunfo. Discernir este período relativamente corto y escoger después un momento determinado, en el sentido preciso del día y de la hora, para dar el último golpe, constituye la tarea más llena de responsabilidades para la dirección revolucionaria. Se puede justamente considerarlo como el problema clave, puesto que relaciona la política revolucionaria con la técnica de la insurrección” (1982,228-229).

 

El “momento”  es el nudo donde convergen antinomias, que en el “tiempo normal” de la historia no lograrían resolverse, en este momento revolucionario convergen y se resuelven entonces: “la pluma y la espada”, la ciencia y la anticipación teórica con la voluntad creadora y transformadora, la legalidad de la historia y el acontecimiento, la necesidad histórica y la libertad humana, los valores morales y el crudo interés, el mundo que desaparece, pero se resiste a morir y el nuevo mundo que apenas ha tenía tiempo de desarrollarse.

 

Nadie mejor que Charles Dickens, ha logrado retratar literariamente ese elemento fascinantemente bifronte de los acontecimiento revolucionarios, el inicio de Historia de dos ciudades dice: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo” (1985, 7).

 

 

II

 

En el joven Marx, las definiciones sobre la revolución son filosóficas. La revolución es: la emancipación humana,  la negatividad y la necesidad radical. La revolución es proletaria, porque el proletariado es la negatividad del orden alemán, y es asimismo la forma negativa de la humanidad y la universalidad[1]

 

El argumento aún hegeliano del joven Marx se va sofisticando hasta la forma clásica, que encuentra en el Manifiesto Comunista: “Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios no pueden conquistar las fuerzas productivas sociales, sino aboliendo su propio modo de apropiación en vigor, y, por tanto, todo modo de apropiación existente hasta nuestros días. Los proletarios no tienen nada que salvaguardar; tienen que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizado y asegurando la propiedad privada existente”

Todos los movimientos han sido hasta ahora realizados por minorías o en provecho de minorías. El movimiento proletario es un movimiento propio de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría. El proletariado, capa inferior de la sociedad actual, no puede levantarse, no puede enderezarse, sin hacer saltar toda la superestructura formada por las capas de la sociedad oficial” (1978,121).

Esta idea podría se completada con la siguiente aseveración de Marx, en su texto Las luchas de clases en Francia (1848-1850): “Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales.” (1978, 288).

 

Vemos pues varios elementos centrales, la revolución es una actividad de la mayoría social, es una cambio radical de las relaciones sociales, donde una nueva clase social se transforma en clase dominante y con ellos generaliza una nueva forma de existencia social,  este fenómeno, la revolución es un proceso, un proceso que se da en permanencia y durante varios escenarios.

 

Pareciera que los elementos centrales para distinguir los escenarios estaría en tres elementos: la masividad del acontecimiento, el carácter de clase del acontecimiento y el nivel de conciencia política con que se desarrolla el acontecimiento.

 

Es por eso que encontramos por ejemplo en la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky la distinción entre guerra, insurrección, Revolución de Febrero, Revolución de Octubre  o entre revolución y conspiración militar, más preciso entre revolución y golpe de Estado.

 

Estas distinciones las podemos encontrar en el capítulo XLIII, antes reseñado, reproduzco algunos fragmentos:

 

Al igual que la guerra, la gente no hace por gusto la revolución. Sin embargo, la diferencia radica en que, en una guerra, el papel decisivo es el de la coacción; en una revolución no hay otra coacción que la de las circunstancias (…) La insurrección, elevándose por encima de la revolución como una cresta en la cadena montañosa de los acontecimientos, no puede ser provocada artificialmente, lo mismo que la revolución en su conjunto (…) De ordinario se opone la conspiración a la insurrección, como la acción concertada de una minoría ante el movimiento elemental de la mayoría. En efecto: una insurrección victoriosa que sólo puede ser la obra de una clase destinada a colocarse a la cabeza de la nación; es profundamente distinta, tanto por la significación histórica como por sus métodos, de un golpe de Estado realizado por conspiradores que actúan a espaldas de las masas.” (1982,223).

 

 

La riqueza de todas estas distinciones conceptuales, que fueron tan forjadas por el marxismo a través de un largo proceso de estudio y participación en la lucha de clases, creo que sería de gran utilidad para ser recuperadas por el pensamiento político contemporáneo.

 

Máxime, que el espectro ideológico moderno con su forma siempre maniquea de presentar los fenómenos sociales y el pensamiento radical ha logrado que la palabra revolución signifique los completamente malvado, el mal radical o bien lo completamente inocuo.

 

Así por ejemplo podemos  encontrar la famosa afirmación popperiana “intentar realizar el cielo en la tierra, nos seduce para convertir nuestra buena tierra en un infierno”. (citado en Hinkelammert, 2004, 3). La misma idea se encuentra en un columnista local de la página 15 de La Nación, Jaime Gutiérrez Góngora, quien afirma: “la Revolución francesa y la rusa crearon nuevas ortodoxias y opresiones mucho peores que las que habían repudiado. Construyeron “la libertad” sobre montañas de cadáveres e impusieron la estabilidad con la intimidación y la fraternidad con el terror sistemático”(2012).

 

Para Latishev, autor durante treinta años de opúsculos “marxistas-leninistas” (es decir estalinistas) publicó en 1996 (llama transformado en apologeta de la economía de mercado) un texto llamado Lenin desvelado, allí afirmaba: “Lenin, desde el principio de la revolución de octubre, planificó el exterminio de la mitad de la población de Rusia” (citado en Marie, 2009, 9).

 

Para Popper, Latishev y Gutiérrez Góngora Lenin es Terminator o Bane, dependiendo de cuál sea el villano favorito.  En general quiere decir el mal radical.

 

Pero también, hay una apropiación “liberal” de la idea de revolución, en este discurso la revolución es un proceso de realización de las mercancías o un proceso electoral.

 

Así por ejemplo, leo dos fragmentos de periódico: “Puma lanza nuevo producto revolucionario

SANTO DOMINGO. Puma realizó el lanzamiento al mercado de su nuevo producto Puma L.I.F.T. Racer.”(Hilario, 2009)

 

La ‘revolución blanca’ que marcará las elecciones en Francia. Hasta un 40% de los franceses votaría en blanco, una opción que el sistema electoral no contabiliza en el cómputo total. Cambiarían muchas cosas. Le Pen y Melenchon serían los más afectados” (Rivas, 2017).

 

Así en el espectro ideológico contemporáneo: “revolución” designa al automatismo del mercado y de la producción de mercancías[2] y/o  a su correlato súper estructural las elecciones, el mercado político[3], es decir la negación de lo que para el marxismo representa una revolución, empezando por el elemento más nimio de la revolución su carácter de acontecimiento incarendalizable, a diferencia de un evento del mercado y del Estado, sobre todo un proceso electoral o el lanzamiento de un producto que siempre necesitan de una fecha precisa, que en realidad no es más que un simulacro que esconde todo el proceso de despolitización que implica el mercado y el Estado.

 

Se imponen un par de reflexiones para terminar. Pareciera que la revolución no puede y a la vez puede ser fechada, siempre y cuando el análisis del proceso revolucionario sea mirado bajo la lupa de la idea de la revolución como un proceso permanente

Así por ejemplo en un impresionante pasaje que describe el inicio de la revolución de febrero, Trotsky muestra que la revolución no existía en el calendario de las organizaciones socialistas, que fueron tomadas por sorpresa[4].

 

Ahora, en un texto de 1923 llamado “¿Es posible fijar un horario para la revolución?” clarifica aún más la relación entre evento inesperado y planificación consiente: “Si el país atraviesa una profunda crisis social, cuando las contradicciones están agravadas hasta el extremo, cuando las masas trabajadoras están en fermentación constante, cuando el partido está apoyado, con toda evidencia, por una indiscutible mayoría de trabajadores y, en consecuencia, por todos los elementos más activos, más conscientes, de su clase, los más prestos al sacrificio, entonces la tarea que confronta el partido (la única posible bajo esas circunstancias) es fijar un momento preciso en el futuro inmediato, un momento en el que la situación revolucionaria favorable no pueda girarse contra nosotros brutalmente, y concentrar, pues, todos nuestros esfuerzos en la preparación del golpe, subordinar toda la política y la organización al objetivo militar en vistas, de forma que ese golpe se realice con la potencia máxima”(Trotsky, 2015[1923]). Así el primer impulso de la revolución (el momento de febrero, o democrático es espontaneo e imprevisto), el segundo momento socialista, de octubre, es consiente, planificado, preciso, fechado, sin que esto sea contradictorio.

 

Pero en mi opinión lo principal es recuperar el sentido clásico que tiene la idea de la revolución en la obra de Marx y en el bolchevismo, revolución como el triunfo de lo vivo contra muerto[5], como triunfo de la verdad contra la mentira[6], la revolución como iniciativa histórica, cito un pasaje de la Guerra Civil en Francia:

“Maravilloso en verdad fue el cambio operado por la Comuna en París. De aquel París prostituido del Segundo Imperio no quedaba ni rastro. París ya no era el lugar de cita de terratenientes ingleses, absentistas irlandeses, ex esclavistas y rastacueros norteamericanos, ex propietarios rusos de siervos y boyardos de Valaquia. Ya no había cadáveres en la morgue, ni asaltos nocturnos, y apenas uno que otro robo; por primera vez desde los días de febrero de 1848, se podía transitar seguro por las calles de París, y eso que no había policía de ninguna clase. “Ya no se oye hablar — decía un miembro de la Comuna — de asesinatos, robos y atracos; diríase que la policía se ha llevado consigo a Versalles a todos sus amigos conservadores”. Las cocottes [damiselas] habían reencontrado el rastro de sus protectores, fugitivos hombres de la familia, de la religión y, sobre todo, de la propiedad. En su lugar, volvían a salir a la superficie las auténticas mujeres de París, heroicas, nobles y abnegadas como las mujeres de la antigüedad. París trabajaba y pensaba, luchaba y daba su sangre; radiante en el entusiasmo de su iniciativa histórica, dedicado a forjar una sociedad nueva, casi se olvidaba de los caníbales que tenía a las puertas.

Frente a este mundo nuevo de París, se alzaba el mundo viejo de Versalles aquella asamblea de legitimistas y orleanistas, vampiros de todos los régimes difuntos, ávidos de nutrirse del cadáver de la nación, con su cola de republicanos antediluvianos, que sancionaban con su presencia en la Asamblea el motín de los esclavistas, confiando el mantenimiento de su República Parlamentaria a la vanidad del senil saltimbanqui que la presidía y caricaturizando la revolución de 1789 con la celebración de sus reuniones de espectros en el Jeu de Paume Así era esta Asamblea, representación de todo lo muerto de Francia, sólo mantenida en una apariencia de vida por los sables de los generales de Luis Bonaparte. París, todo verdad, y Versalles, todo mentira, una mentira que salía de los labios de Thiers.” (1978,243).

El texto como siempre en el estilo literario de Marx, construye “frases buscando conscientemente un determinado equilibrio de fuerzas antagónicas de carácter verbal, destinado a reproducir o expresar determinados antagonismos reales” (Silva, 1978,12) Así se compara la prostitución general que implica la circulación de las mercancías y el cosmopolitismo prostituido del Paris, pre revolucionario, a ese orden sórdido de prostitución, robo y muerte se le opone la nueva vida, sobretodo la nueva vida de las mujeres y con ella toda una serie de valores: heroicidad, abnegación, nobleza.

La otra imagen polar es la de los caníbales y los vampiros (el Estado burgués y el Capital) contra la vida del cuerpo social, contra la iniciativa histórica de las masas parisinas.

Trotsky, en su texto Lecciones de octubre, señala la influencia fundamental que tuvo el estudio de la Comuna de París y la experiencia revolucionaria francesa, en el perfeccionamiento de la estrategia bolchevique, dice Trotsky: “Sabemos con certeza que cualquier pueblo, cualquier clase y hasta cualquier partido se instruyen principalmente por experiencia propia; pero ello no significa en modo alguno que sea de poca monta la experiencia de los demás países, clases y partidos. Sin el estudio de la gran Revolución Francesa, de la revolución de 1848 y de la Comuna de París, jamás hubiéramos llevado a cabo la revolución de Octubre” (2000 [1924] ,2001)

Así llegamos el texto que tendría que haber sido la primera cita de esta conferencia, la definición clásica que el marxismo hace del término revolución, definición hecha por Trotsky, justamente en el prólogo a La Historia de la Revolución Rusa, señala Trotsky:

El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.

Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se halla directamente informada por los rápidos tensos y violentos cambios que sufre la sicología de las clases formadas antes de la revolución.

La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario, acepta prácticamente como algo definitivo las instituciones a que se encuentra sometida. Pasan largos años durante los cuales la obra de crítica de la oposición no es más que una válvula de seguridad para dar salida al descontento de las masas y una condición que garantiza la estabilidad del régimen social dominante; es, por ejemplo, la significación que tiene hoy la oposición socialdemócrata en ciertos países. Han de sobrevenir condiciones completamente excepcionales, independientes de la voluntad de los hombres o de los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección.

Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas y el estado de espíritu de las masas en las épocas revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad de la psiquis humana, sino al revés, de su profundo conservadurismo. El rezagamiento crónico en que se hallan las ideas y relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta el momento mismo en que éstas se desploman catastróficamente, por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policiacas se les antoja fruto puro y simple de la actuación de los «demagogos». Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja. Sólo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas. El proceso político fundamental de una revolución consiste precisamente en que esa clase perciba los objetivos que se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas. Las distintas etapas del proceso revolucionario, consolidadas pro el desplazamiento de unos partidos por otros cada vez más extremos, señalan la presión creciente de las masas hacia la izquierda, hasta que el impulso adquirido por el movimiento tropieza con obstáculos objetivos. Entonces comienza la reacción: decepción de ciertos sectores de la clase revolucionaria, difusión del indeferentismo y consiguiente consolidación de las posiciones adquiridas por las fuerzas contrarrevolucionarias. Tal es, al menos, el esquema de las revoluciones tradicionales“.

Bibliografía consultada.  

 

Copérnico, N. (1987). Sobre las revoluciones de los orbes celestes, Estudio preliminar, trad notas de Carlos Mínguez Pérez, Ed. Tecnos, Madrid.

Dalton, R. (1985). Un Libro rojo para Lenin. Managua: Editorial Nueva Nicaragua.

Dickens, Ch. (1985).    Historia de dos ciudades. México, Editorial Cumbre.

Dussel, E. D. (1993). Las metáforas teológicas de Marx. (Nuevos desafíos). Pamplona: Editorial Verbo Divino.

Estermann, J. (2006). Filosofía andina: sabiduría indígena para un mundo nuevo. ISEAT.

Hinkelammert, F. (2010). La maldición que pesa sobre la ley. Los orígenes del pensamiento crítico en Pablo de Tarso. San José Costa Rica: Arlekin.

Kuhn, T. S. (1979). La Revolución Copernicana; la astronomía planetaria en el desarrollo del pensamiento occidental.

Labica, G. (2005). Robespierre: una política de la filosofía. Editorial El Viejo Topo.

Lenin, V.I. (2001). Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado. EN https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/internacional/informe.htm

Lewin, M. (1970). El último combate de Lenin. Barcelona: Editorial Lumen.

Marie, J. J., & Pons, H. (2009). Trotski: revolucionario sin fronteras. Fondo de Cultura Económica.

Marx, K.; Engels, F. (1978). Obras escogidas (en tres tomos). Moscú: Progreso.

Marx, K. H. (1982). El capital: crítica de la economía política. Traducción de P. Scaron. Undécima edición. México, D. F.: Siglo XXI, Editores, colección “Biblioteca del pensamiento socialista” (Serie los clásicos).

Silva, L. (1980). El estilo literario de Marx. México, D. F.: Siglo XXI, Editores.

Trotsky, L. (1982). Historia de la Revolución Rusa (en tres tomos). Editorial Pluma. Bogotá: Colombia

Trotsky, L. (2000). Teoría de la Revolución permanente. Ceip “Leon Trotsky”.

Trotsky, L. (2015). ¿Es posible fijar un horario para la revolución? Enhttps://www.marxists.org/espanol/trotsky/1923/septiembre/23.htm

 

 

Artículos de Periódico.

 

Gutiérrez, J. (2012). La revolución que sirvió. La Nación. 04/07/2012. En http://www.nacion.com/archivo/revolucion-sirvio_0_1278672303.html

Hilario, Y. (2009). Puma lanza nuevo producto revolucionario. Diario Libre 13/07/2009. En  https://www.diariolibre.com/revista/puma-lanza-nuevo-producto-revolucionario-BKDL207125

Rivas, L. (2017). La ‘revolución blanca’ que marcará las elecciones en Francia. El Confidencial 05/04/2017. En https://blogs.elconfidencial.com/mundo/eliseo-2017/2017-04-05/francia-elecciones-le-pen-macron-abstencion-voto-en-blanco_1360074/

 

[1]Una revolución radical sólo puede ser la revolución de necesidades radicales. (….) ¿Dónde está, pues, la posibilidad positiva de la emancipación alemana? (…) en la formación de una clase radicalmente esclavizada, de una clase de la sociedad burguesa que no es una clase de la sociedad burguesa, de un estado social que es la desaparición de todos los estados sociales; de una esfera que obtiene de sus sufrimientos universales un carácter universal y no alega ningún  derecho especial porque ella no padece  una injusticia social, sino  la injusticia en sí, que no puede ya apelar a un pretexto  histórico sino a un pretexto humano que no se halla en contradicción alguna particular con las consecuencias sino en una universal contradicción con las premisas del orden público alemán; de una esfera, finalmente, que no se puede emancipar sin emanciparse de todas las demás esferas de la sociedad y sin emanciparlas a su vez; significa, en una palabra, que el total aniquilamiento del hombre sólo puede rehacerse con la  completa rehabilitación del hombre. Ese estado especial en el cual la sociedad va a disolverse es el  proletariado” (Marx, 1974[1844], 1005-106).

[2] Es importante recordar  la reflexión que hacía Marx en el conocido segmento de El Capital sobre el fetichismo de la mercancía, advirtiendo sobre las implicaciones que tenía la sociabilidad indirecta que brotaba de una sociedad cuya forma fundamental de garantizar su propia reproducción material era a través de la producción de mercancías: “Para una sociedad de productores de mercancías, cuya relación social general de producción consiste en comportarse frente a sus productos como ante mercancías, o sea valores, y en relacionar entre sí sus trabajos privados, bajo esta forma de cosas, como trabajo humano indiferenciado, la forma de religión más adecuada es el cristianismo, con su culto del hombre abstracto, y sobre todo en su desenvolvimiento burgués, en el protestantismo, deísmo, etc.  (…) El reflejo religioso del mundo real únicamente podrá desvanecerse cuando las circunstancias de la vida práctica, cotidiana, representen para los hombres, día a día, relaciones diáfanamente racionales, entre ellos y con la naturaleza. La figura del proceso social de vida, esto es, del proceso material de producción, sólo perderá su místico velo neblinoso cuando, como producto de hombres libremente asociados, éstos la hayan sometido a su control planificado y consciente. Para ello, sin embargo, se requiere una base material de la sociedad o una serie de condiciones materiales de existencia, que son a su vez, ellas mismas, el producto natural de una prolongada y penosa historia evolutiva” (Marx, 1982,97). Las implicaciones prácticas de esta reflexión en el marco del proceso revolucionario ruso pueden ser vistas en dos de las últimas batallas políticas de Lenin: la NEP y la lucha por defender el monopolio del comercio exterior (Lewin, 1970,40-50).

[3] En una de las declaraciones del primer congreso de la internacional comunista, redactada por Lenin se lee: “Todos los socialistas, al explicar el carácter de clase de la civilización burguesa, de la democracia burguesa, del parlamentarismo burgués, han expresado el pensamiento que con la máxima precisión científica formularon Marx y Engels al decir que la república burguesa, aun la más democrática, no es más que una máquina para la opresión de la clase obrera por la burguesía, de la masa de los trabajadores por un puñado de capitalistas” (2001[1919]).

[4] En el capítulo VII de la Historia de la Revolución Rusa se lee: “El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los elementos socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución. Ninguna organización hizo un llamamiento a la huelga para ese día. La organización bolchevique más combativa de todas, el Comité de la barriada obrera de Viborg, aconsejó que no se fuese a la huelga. Las masas -como atestigua Kajurov, uno de los militantes obreros de la barriada- estaban excitadísimas: cada movimiento de huelga amenazaba convertirse en choque abierto. Y como el Comité entendiese que no había llegado todavía el momento de la acción, toda vez que el partido no era aún suficientemente fuerte ni estaba asegurado tampoco en las proporciones debidas el contacto de los obreros con los soldados, decidió no aconsejar la huelga, sino prepararse para la acción revolucionaria en un vago futuro. Tal era la posición del Comité, al parecer unánimemente aceptada, en vísperas del 23 de febrero. Al día siguiente, haciendo caso omiso de sus instrucciones, se declararon en huelga las obreras de algunas fábricas textiles y enviaron delegadas a los metalúrgicos pidiéndoles que secundaran el movimiento. Los bolcheviques -dice Kajurov- fueron a la huelga a regañadientes, secundados por los obreros mencheviques y socialrevolucionarios. Ante una huelga de masas no había más remedio que echar a la gente a la calle y ponerse al frente del movimiento. Tal fue la decisión de Kajurov, que el Comité de Viborg hubo de aceptar. “La idea de la acción había madurado ya en las mentes obreras desde hacía tiempo, aunque en aquel momento nadie suponía el giro que había de tomar.” (1982,105).

[5]No hay que olvidar que justamente la relación social Capital-Trabajo, es una relación donde lo muerto gobierna, dirige, oprime, explota y saca su fuerzas de la vivo, cito fragmentos de la obra de Marx tomados del libro de Enrique Dussel, las metáforas teológicas de Marx: “Al convertirse en un autómata, el instrumento de trabajo se enfrenta como capital, durante el proceso de trabajo, con el propio obrero; se alza frente a él como trabajo muerto que domina y chupa la fuerza de trabajo vivo” (…) “El obrero combate […] contra el modo material de existencia del capital. Su revuelta se dirige contra esa forma determinada del medio de producción en cuanto fundamento material del modo de producción capitalista”. “En su unidad material está subordinado (el obrero) a la unidad objetiva de la maquinaria […] que como un monstruo animado objetiva el  pensamiento científico y es de hecho el coordinador […]” “El medio de trabajo asesina al trabajador”. “Hasta las medidas que tienden a facilitar el trabajo se convierten en medio de tortura, pues la máquina no libra al obrero del trabajo, sino que priva a éste de su contenido”.  (1993,113-114).

 

[6] Fragmento 93, de Un Libro Rojo para Lenin, de Roque Dalton, titulado Realpolitik  y la política de la verdad

“Dice Lenin a Zinoviev: «–Yo no hago juegos de manos con las consignas, sino digo a las masas la verdad en cada viraje de la revolución, por muy pronunciado que éste sea. Y usted, por lo que creo entender, teme decir la verdad a las masas. Quiere hacer política proletaria con recursos burgueses. Los dirigentes que conocen la verdad ‘en su medio’, entre ellos, y no la participan a las masas porque éstas son ‘ignorantes y torpes’, no son dirigentes proletarios.

Uno debe decir la verdad. Si sufre una derrota, no debe intentar presentarla como una victoria; si va a un compromiso, decir que se trata de un compromiso; si ha vencido fácilmente al enemigo, no aseverar que le ha costado demasiado trabajo; y si le ha sido difícil, no vanagloriarse de que le ha sido fácil; si se ha equivocado, reconocer el error sin temer por su prestigio, pues únicamente al callar los errores puede menoscabarse el prestigio de uno; si las circunstancias obligan a uno que cambie de rumbo siguiera siendo el mismo; uno debe ser veraz con la clase obrera, si cree en su instinto de clase y en su sensatez revolucionaria; y no creer en eso es ignominioso y mortal para un marxista. Es más, aun engañar a los enemigos es algo complicadísimo, un arma de dos filos, admisible sólo en los casos mas concretos de táctica inmediata de combate, pues nuestros enemigos no están, ni mucho menos, aislados de nuestros amigos por una muralla de hierro, aun tienen influencia en los trabajadores y, duchos en engañar a las masas, procuraran -¡con éxito!- presentar nuestra astuta maniobra como un engaño a las masas. No ser sinceros con las masas por ‘engañar a los enemigos’ es una política necia e insensata. El proletariado necesita la verdad y nada es tan pernicioso para su causa como la ‘mentira conveniente’, ‘decorosa’, de mezquino espíritu»

Zinoviev se rió, irritado.”(1985,231-232).