Cultural El blog de Roberto Herrera

El derecho al pan, el derecho a la poesía

Este es el primero de un par de artículos donde estudiaremos las relaciones de la obra de William Shakespeare y el pensamiento marxista.

Este es el primero de un par de artículos donde estudiaremos las relaciones de la obra de William Shakespeare y el pensamiento marxista. Los artículos piensa ser una pequeña contribución y un pequeño homenaje a dos grandes hombres: William Shakespeare, un poeta inmortal, patrimonio común de la humanidad y Carlos Marx, jefe del proletariado revolucionario y gran admirador de la obra del poeta inglés.

I.

En 1865, las hermanas Laura y Jenny Marx, de veinte y veintiún años respectivamente, siguiendo un juego de salón que estaba de moda en la época, le aplicaron un cuestionario a su padre Carlos Marx, el cuestionario hoy conocido como Cuestionario de Proust, tenía una veintena de preguntas, que buscaban averiguar información sobre el entrevistado, (algo que su usaba antes de que existieran las redes sociales), la pregunta número 11 consistía en responder cual era el poeta favorito del entrevistado, su padre respondió: “Shakespeare, Esquilo, Goethe”.

Paul Lafargue, quien tres años después, en 1868, se casaría con Laura Marx, convirtiéndose en el yerno de Carlos Marx, escribió en 1891 un texto donde recuerda de la siguiente forma la vida de la familia Marx y la importancia que Carlos Marx, le daba a estos poetas, dice Lafargue sobre Carlos Marx: “Conocía de memoria a Heine y a Goethe y los citaba con frecuencia en sus conversaciones; era lector asiduo de los poetas en todas las lenguas europeas. Leía todos los años a Esquilo en el original griego. Lo consideraba, junto con Shakespeare, como los más grandes genios dramáticos que hubiera producido la humanidad. Su respeto por Shakespeare era ilimitado: hizo un estudio detallado de sus obras y conocía hasta el menos importante de sus personajes. Toda su familia rendía un verdadero culto al gran dramaturgo inglés; sus tres hijas sabían muchas de sus obras de memoria.”

El padre de las dos jóvenes Marx, estaba en el momento más creativo y crítico de su vida, en 1864 se había fundado la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), la Primera Internacional, un esfuerzo de los obreros de vanguardia de los países capitalistas centrales por asegurar la independencia política del proletariado y de preparar las condiciones para la conquista del poder político por el proletariado.

Al frente del proceso se encontraban Carlos Marx y Federico Engels, y pronto a este esfuerzo se sumó también, Paul Lafargue y sus hijas Laura y Jenny, (Eleonora, la más pequeña se incorporará después a la Liga Socialista de Inglaterra).

El programa de la AIT sigue siendo en muchas sentidos nuestro objetivo: “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos; que la lucha por la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento  de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.

Al padre de las dos jóvenes Marx, en el momento que estas le aplicaron el “cuestionario de Proust” le faltaban aún dos años de arduo trabajo para concluir una parte importante  del trabajo de su vida, el primer volumen de El Capital, una crítica de la economía política.

Este texto al que Carlos Marx, había dedicado su vida buscaba entregarle al proletariado mundial, una arma espléndida, un “misil” para ser usado contra la burguesía (Carta a Becker 17/4/1867), la primera crítica científica al capitalismo, una anatomía de cuerpo entero del sistema capitalismo contemporánea, una guía con la que el moderno ejército del proletariado podía conocer las debilidades y los puntos fuertes de su enemigo capitalista, un mapa para el combate que se venía por la emancipación del proletariado.

El educado gusto literario de las jóvenes Marx, luego fue una pieza clave en la difusión de El Capital,  Laura contribuyó con su padre y con Engels en la traducción francesa de El Capital, al morir Jenny, a los 38 años, la más pequeña de las hermanas Marx, Eleonora trabajó arduamente en la traducción inglesa de El Capital.

El impacto de este primer tomo de la obra de Carlos Marx en el proletariado mundial fue gigantesco, en 1903 (veinte años después de la muerte de Carlos Marx), Rosa Luxemburgo señalaba como “los obreros, partícipes activos en la lucha de clases”, encontraron en el primer tomo de El Capital, (…) “la explicación científica de la explotación, (…) la dilucidación de la tendencia hacia la socialización del proceso de producción, es decir, la explicación científica de las bases objetivas de la revolución socialista”.

Con el primer tomo del El Capital “que deduce que la “expropiación de los expropiadores” es el resultado inevitable y definitivo de la producción de plusvalía y de la concentración progresiva del capital” se dejaba satisfecha “la necesidad esencial del movimiento obrero” (1).

En el tomo I de El Capital, Marx responde a una vieja pregunta, una pregunta que él mismo en su juventud había encontrado en sus poetas adorados, Sófocles, el poeta autor de Antígona, había dicho por voz de Creonte:

De todas las instituciones humanas, ninguna como la del dinero trajo a los hombres consecuencias más funestas. Es el dinero el que devasta las ciudades, el que echa a los hombres de los hogares, el que seduce las almas virtuosas y las incita a acciones vergonzosas; es el dinero el que en todas las épocas ha hecho a los hombres cometer todas las perfidias y el que les enseñó la práctica de todas las impiedades.

La pregunta es clara, Sófocles presenta un dilema que quitó el sueño a poetas y filósofos, por siglos sin que ninguno de ellos pudieran encontrar una respuesta científica: ¿Por qué el dinero es más importante que los seres humanos? ¿Cómo es posible que el dinero corrompa a los hombres? ¿Cómo es posible que el dinero ponga le mundo “patas arriba”?

En 1844, Marx escribió como parte de sus estudios preliminares una serie de cuadernos y fragmentos, estos textos se mantuvieron inéditos hasta 1932 y hoy se conocen como los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, es un trabajo muy preliminar en los estudios de Marx, allí en un fragmento donde trata sobre el dinero señala:

Lo que mediante el dinero es para mi, lo que puedo pagar, es decir, lo que el dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero mismo. Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero. Las cualidades del dinero son mis -de su poseedor- cualidades y fuerzas esenciales. Lo que soy y lo que puedo no están determinados en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Luego no soy feo, pues el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, es aniquilada por el dinero. Según mi individualidad soy tullido, pero el dinero me procura veinticuatro pies, luego no soy tullido; soy un hombre malo y sin honor, sin conciencia y sin ingenio, pero se honra al dinero, luego también a su poseedor. El dinero es el bien supremo, luego es bueno su poseedor; el dinero me evita, además, la molestia de ser deshonesto, luego se presume que soy honesto; soy estúpido, pero el dinero es el verdadero espíritu de todas las cosas, ¿cómo podría carecer de ingenio su poseedor? El puede, por lo demás, comprarse gentes ingeniosas, ¿y no es quien tiene poder sobre las personas inteligentes más talentoso que el talentoso? ¿Es que no poseo yo, que mediante el dinero puedo todo lo que el corazón humano ansia, todos los poderes humanos? ¿Acaso no transforma mi dinero todas mis carencias en su contrario?

La evolución del pensamiento económico de Marx y su comprensión de conjunto del sistema de capitalista avanzó y se perfeccionó mucho, para el año 1867, en el Tomo I de El Capital, es la siguiente la reflexión sobre el dinero:

el dinero no deja traslucir que es lo que se ha convertido en él, todo, mercancía o no mercancía, se convierte en dinero. Todo se vuelve venal y adquirible. La circulación se transforma en la gran retorta social a la que todo se arroja para que salga de allí convertido en cristal de dinero. No resisten a esta alquimia ni siquiera los huesos de los santos y res sacrosanctce, extra commercium hominum [cosas sacrosantas, excluidas del comercio humano], mucho menos toscas. Así como en el dinero se ha extinguido toda diferencia cualitativa de las mercancías, el a su vez, en su condición de nivelador radical, extingue todas las diferencias. Pero el dinero mismo es mercancía, una cosa exterior, pasible de convertirse en propiedad privada de cualquiera. El poder social se convierte así en poder privado, perteneciente a un particular. De ahí que la sociedad antigua lo denuncie como la moneda fraccionaria desu orden económico y moral.

La evolución del pensamiento de Marx de los borradores de 1844 al Capital es muy significativa, sobre todo los descubrimientos de una serie de conceptos claves para entender la moderna economía capitalista: el concepto de trabajo abstracto, la crítica al fetichismo de la mercancía, etc.

Pero entre el momento inaugural del su pensamiento y su culminación, el ejemplo que Marx utiliza para ejemplificar el carácter del dinero es el mismo, un fragmento de Timón de Atenas de William Shakespeare (más largo en los Manuscritos de 1844, más reducido en El Capital):

«¡Oro!, ¡oro maravilloso, brillante, precioso! ¡No, oh dioses, no soy hombre que haga plegarias inconsecuentes! (Simples raíces, oh cielos purísimos!) Un poco de él puede volver lo blanco, negro; lo feo, hermoso; lo falso, verdadero; lo bajo; noble; lo viejo, joven; lo cobarde, valiente ¡oh dioses! ¿Por qué?) Esto va arrancar de vuestro lado a vuestros sacerdotes y a vuestros sirvientes; va a retirar la almohada de debajo de la cabeza del hombre más robusto; este amarillo esclavo va a atar y desatar lazos sagrados, bendecir a los malditos, hacer adorable la lepra blanca, dar plaza a los ladrones y hacerlos sentarse entre los senadores, con títulos, genuflexiones y alabanzas; él es el que hace que se vuelva a casar la viuda marchita y el que perfuma y embalsama como un día de abril a aquella que revolvería el estómago al hospital y a las mismas úlceras. Vamos, fango condenado, puta común de todo el género humano que siembras la disensión entre la multitud de las naciones, voy a hacerte ultrajar según tu naturaleza.»

Y después:

«¡Oh, tú, dulce regicida, amable agente de divorcio entre el hijo y el padre! ¡Brillante corruptor del más puro lecho de himeneo! ¡Marte valiente! ¡Galán siempre joven, fresco, amado y delicado, cuyo esplendor funde la nieve sagrada que descansa sobre el seno de Diana! Dios visible que sueldas juntas las cosas de la Naturaleza absolutamente contrarias y las obligas a que se abracen; tú, que sabes hablar todas las lenguas (XLII) para todos los designios. ¡Oh, tú, piedra de toque de los corazones, piensa que el hombre, tu esclavo, se rebela, y por la virtud que en ti reside, haz que nazcan entre ellos querellas que los destruyan, a fin de que las bestias puedan tener el imperio del mundo…!»

En el saber y la sensibilidad de los poetas clásicos como Sófocles y sobretodo en Shakespeare, Marx encontró una denuncia estética de un fenómeno social que en el capitalismo se ha vuelto central: todo se transforma en mercancías, la acumulación capitalista predomina sobre la vida humana y sus posibilidades de reproducción,  el valor de cambio predomina sobre el valor de uso, el trabajo abstracto predomina sobre los trabajos concretos. Los seres humanos reales concretos y vivientes son sacrificados como en los viejos mitos religiosos a una abstracción divinizada al Dios-mercado.

Cuanto miles de trabajadores y jóvenes se levantan en todas partes del mundo al grito de “no somos mercancías” rinden un gran homenaje a Marx y a Shakespeare.