El blog de Roberto Herrera Revista

Retratos: La Revolución de Octubre a través del tiempo (1927)

Integrantes de la oposición de izquierda en 1927

Hemos querido recolectar una serie de fragmentos, textos y publicaciones de nuestra corriente, de las distintas formas que se ha vivido cada celebración decenal de la Revolución de Octubre.

Las lecciones de Octubre, han iluminado de distintas formas los desafíos prácticos de los bolcheviques-leninistas, siempre buscando la orientación revolucionaria correcta.

Trotsky, en un texto de 1929 titulado “El duodécimo aniversario de Octubre” describía de la siguiente forma los desafíos de la URSS en los primeros 10 años de la Rusia Soviética: “Spinoza decía: “Ni llorar ni reír sino comprender” Hay que comprender para luchar mejor por la Revolución de Octubre. Durante el decimotercer año se profundizarán las contradicciones. Se puede tomar desprevenido a un partido debilitado y estrangulado. Ante la primera gran dificultad levantarán cabeza los Bessedovskis de todo calibre. El aparato centrista demostrará que es un aparato y nada más. El núcleo proletario necesitará una dirección y sólo la Izquierda comunista, templada en la lucha, podrá proporcionarla. Saludamos el decimotercer año desde el destierro, la prisión y el exilio. Pero no somos pesimistas.

El principio de la dictadura proletaria dejó su marca indeleble en la historia. Demostró la fuerza tremenda de una joven clase revolucionaria dirigida por un partido que sabe lo que quiere y es capaz de unir su voluntad con el proceso objetivo en desarrollo. Estos doce años demostraron que la clase obrera, aun en un país atrasado, no sólo se las puede arreglar sin banqueros, terratenientes y capitalistas sino también hacer avanzar la industria más rápidamente que bajo el dominio las explotadores. Estos doce años demostraron que la economía planificada centralizada es inconmensurablemente superior a la anarquía capitalista, representada por poderosos trusts que se combaten entre sí.

Las conquistas, ejemplos y lecciones son inconmovibles. Se grabaron para siempre en la conciencia de la clase obrera mundial. No rechazamos nada ni lamentamos nada. Vivimos con las mismas ideas y actitudes que en Octubre de 1917. Podemos ver más allá de estas dificultades circunstanciales, pues, por más que se desborde el río, siempre va a parar al océano.

Fuente: http://phl.bibliotecaleontrotsky.org/arquivo//escritoslt/libro1/68duanoclib1.pdf

Dejamos a los lectores con dos fragmentos sobre el 10 aniversario de la Revolución de Octubre en la Unión Soviética.

Fragmento de Mi vida (1929). León Trotsky.

“El partido, conforme se iba acercando el 15.º congreso, anunciado para fines de 1927, presentía que iba a verse colocado ante una encrucijada histórica. Un profundo desasosiego atravesaba sus filas. A pesar del enorme terror desatado, en el partido despertaba el deseo de oír la voz de la oposición. Para ello, había que valerse de los recursos clandestinos. En varios lugares de Moscú y Leningrado celebrábanse reuniones secretas de obreros, obreras y estudiantes, en que se congregaban de veinte a cien, y a veces doscientas personas, a oír la voz de un representante de nuestras filas. Yo solía asistir a dos o tres, y en ocasiones hasta a cuatro reuniones de estas, en un día. Generalmente, se celebraban en casas de obreros. Imagínense dos habitaciones pequeñas abarrotadas de gente y al orador dirigiendo la palabra desde la puerta por la que las dos habitaciones se comunicaban. A veces, los concurrentes se sentaban por los suelos, aunque lo frecuente era que estuviesen de pie, por falta de sitio. De vez en cuando, se presentaba un delegado de la Comisión de vigilancia e intimaba a los reunidos a que se disolviesen. En tales casos, lo que se hacía era invitarle a que tomase parte en la discusión. Y si molestaba, se le ponía de patitas en la calle. En total, y calculando entre Leningrado y Moscú, serían unas veinte mil personas las que acudirían a estas reuniones. La corriente crecía. Se organizó hábilmente una gran asamblea en la sala de conferencias de la Escuela Técnica, que fué llenándose desde adentro. Consiguieron entrar en la sala unas dos mil personas. Una compacta muchedumbre hubo de quedarse en la calle. Todas las tentativas que hizo la dirección de la Escuela para estorbar nuestro propósito fueron estériles. Kamenef y yo hablamos por espacio de unas dos horas. En vista de esto, el Comité central dirigió una proclama a los obreros diciendo que había que disolver por la fuerza las reuniones de la oposición. Esta proclama no era mas que una careta bajo la cual se organizaba cuidadosamente una campaña de asaltos de las tropas de choque de la GPU. contra nosotros. Stalin quería un desenlace sangriento. Circulamos órdenes de que por el momento se suspendiesen todas las reuniones de alguna consideración. Pero esto ocurrió ya después de la manifestación del día 7 de noviembre.

En el mes de octubre de 1927 reuniose en Leningrado el Comité ejecutivo central. Para celebrarlo se organizó una gran manifestación Por un engranaje casual de las circunstancias, aquella manifestación tomó un giro completamente inesperado. Zinovief, yo y algunos otros elementos de la oposición habíamos salido a pasear en automóvil por la capital, con objeto de observar la magnitud y el ambiente que reinaba en la manifestación. Ya de retirada, pasamos por delante del Palacio de Taurida, donde habían levantado, sobre unos camiones, las tribunas para que hablasen los del Comité central. El coche en que íbamos encontró cerrado el paso. No nos dió apenas tiempo pensar cómo saldríamos de aquel atolladero, cuando el Comandante se acercó al «auto», e inocentemente nos escoltó hasta la tribuna. Sin darnos tiempo a acallar los escrúpulos que nos asaltaban, vimos que dos filas de soldados de la milicia nos abrían paso al último camión, vacío aún. Apenas la gente se enteró de que estábamos nosotros en la tribuna del extremo, la manifestación cambió de carácter, en un momento. La muchedumbre desfiló indiferente por delante de la primera tribuna, sin escuchar los discursos de salutación que le dirigían desde lo alto y se precipitó a donde estábamos nosotros. Nuestro camión se vió cercado al instante por un mar de cabezas. Los obreros y los soldados del ejército rojo se plantaban delante de nosotros, mirando para arriba, dirigiéndonos palabras de saludo, hasta que se veían arrastrados por los que venían detrás. El destacamento de la milicia que habían mandado para restablecer el orden se vió envuelto también en el entusiasmo colectivo y no pudo hacer nada. En vista de esto, mandaron a unos cincuenta agentes del aparato burocrático. Estos intentaron silbar, pero sus silbidos aislados se perdían entre los clamores generales de aplauso. La situación hacíase cada vez más insostenible para los organizadores oficiales de la manifestación. Al fin, el presidente del Comité ejecutivo central panruso, seguido de otros prestigiosos miembros del Comité, abandonó la primera tribuna, casi, desierta de público, y trepó con los demás a nuestro camión, que ocupaba el último lugar y estaba destinado a huéspedes menos «distinguidos». Pero tampoco este golpe de audacia bastó para salvar la situación. La masa no se cansaba de gritar nombres, y estos nombres no eran precisamente los de los héroes oficiales del día.

De Zinovief se apoderó en seguida el optimismo; él esperaba que la manifestación se tradujese en consecuencias magnas e inmediatas. Yo no compartía su apreciación impulsiva acerca de la situación. Las masas obreras de Leningrado se limitaban a mostrar su descontento con el régimen por una manifestación platónico de simpatía hacía los caudillos de la oposición; pero esto no quería decir, ni mucho menos, que fuesen capaces de impedir a la burocracia que liquidase sus cuentas con nosotros. En este respecto, no me hacía ninguna ilusión. Por otra parte, era evidente que aquel incidente de la manifestación tenía que convencer al clan gobernante de la necesidad de acabar cuanto antes con la oposición, para poner a las masas ante un hecho consumado.

El último jalón en el camino fué la manifestación organizada en Moscú para celebrar el décimo aniversario de la revolución de Octubre. Por todas partes aparecían, como organizadores de los actos que se celebraban como autores de los artículos jubilares y como oradores, hombres que en las jornadas de Octubre habían luchado del lado de allá de las barricadas o permanecido ocultos en el regazo de la familia, esperando a ver qué giro tomaban las cosas, sin atreverse a abrazar el partido de la revolución hasta que ésta hubo triunfado. Aquellos artículos que venían en los periódicos y aquellos discursos transmitidos por la radio, en que todos estos aventureros e intrigantes me acusaban a mí de traicionar la revolución de Octubre, me causaban más risa que indignación. Cuando uno comprende la dinámica de la historia y sabe que hay una mano, misteriosa para él, que tira del hilo al adversario, se llega a no hacer caso de las más repugnantes vulgaridades e infamias que se acumulan contra uno.

La oposición acordó tomar parte en la manifestación llevando carteles propios. Los lemas inscritos en estos carteles no se dirigían contra el partido, ni mucho menos. Eran lemas como éstos: «Queremos que se rompa el fuego contra la derecha: contra el kulak, el nuevo rico y el burócrata»; «Queremos que se cumpla el testamento de Lenin»; «¡Abajo el oportunismo y la escisión, y viva la unidad del partido leninista!» Estos lemas son hoy, oficialmente, los de la fracción staliniana en su cruzada contra las derechas. El día 7 de noviembre de 1927, estos carteles les fueron arrebatados de las manos a la oposición, y los destacamentos especiales que lo hacían, después de desgarrarlos, apaleaban a quienes los llevaban. La célebre manifestación de Leningrado no había pasado desapercibida para los caudillos oficiales. Esta les cogía mejor preparados. En la masa reinaba cierto desasosiego. La gente tomó parte en la manifestación en un estado de gran inquietud. Sobre las cabezas de aquella gigantesca, confusa y excitada muchedumbre se alzaban dos grupos activos: el de la oposición y el de la burocracia. Era notorio que los que se adscribían a la Administración como voluntarios en la batida contra el «trotskismo» no eran elementos revolucionarios, sino gentes, muchas de ellas, de las que rodaban por el arroyo, y algunos incluso fascistas. Como admonición por lo visto, un soldado de las milicias hubo de disparar contra mi automóvil. Alguien guiaría su mano. Un empleado borracho de la brigada de bomberos saltó al estribo de mi auto y, después de proferir contra mí los insultos más repugnantes, rompió un cristal de un puñetazo. Todos los que tenían ojos en la cara pudieron ver, aquel 7 de noviembre de 1927, un ensayo del Termidor ruso en las calles de Moscú.

La manifestación de Leningrado siguió su curso parecido. Zinovief y Radek, que habían salido de Moscú para asistir a ella, viéronse acometidos por un destacamento especial que, a pretexto de protegerlos de las iras de la muchedumbre, les tuvo secuestrados en un local mientras duró la manifestación. He aquí lo que me escribió Zinovief a Moscú, aquel mismo día: «Todas las noticias que yo tengo parecen indicar que estas infamias no conseguirán más que favorecer nuestra causa. Estamos inquietos sin saber lo que haya pasado ahí. Nuestras comunicaciones (es decir, las discusiones clandestinas con los obreros) marchan bien. Un gran movimiento a nuestro favor. No saldremos todavía de aquí.» Esta fué la última llamarada que dió en Zinovief la energía oposicional. Al día siguiente, estaba ya en Moscú navegando derechamente rumbo a la capitulación.

El día 16 de noviembre se suicidó Joffe; su muerte sobrevino en lo más álgido de la campaña que se estaba riñendo. Joffe estaba muy enfermo. Del Japón, donde estuvo de embajador, hubieron de traerle a Rusia en condiciones deplorables de salud. Costó gran trabajo conseguir que saliese al extranjero. El poco tiempo que allí residió le alivió considerablemente, pero no fué bastante. Le nombraron vicepresidente del Comité central de concesiones, que yo presidía. Todo el trabajo pesaba sobre él. Le dolía muchísimo la c del partido. Lo que más le conmovía era la deslealtad. Por varías veces quiso lanzarse también él decididamente a la batalla. Yo le contenía, por consideración a su salud quebrantada. Le indignaba sobremanera la campaña que se estaba sosteniendo contra la revolución permanente. No acertaba a sobreponerse a la batida vil que se venía dando contra todos los que habían previsto desde mucho tiempo atrás el curso y carácter de la revolución por parte de los que no hacían ni habían hecho otra cosa que percibir sus frutos. Joffe me refirió una conversación que había tenido con Lenin, en el año 1919, si mal no recuerdo, sobre el tema de la revolución permanente. «Sí; Trotsky tenía razón». Tales fueron, según me dijo, las palabras de Lenin. Joffe, quería hacer pública ahora esta conversación. Procuré convencerle por todos los medios de que no lo hiciera. Preveía toda la avalancha de vilezas que iba a precipitarse sobre él. Era hombre muy tenaz, de una firmeza especial, suave en la forma, pero en el fondo inflexible. A raíz de cada una de aquellas explosiones de incultura agresiva y de felonía política, venía a verme indignado, con sus mejillas pálidas, de enfermo, y me decía:

-No, no hay más remedio que publicarla.

Pero yo volvía a convencerle de que aquel testimonio suyo, uno más, no haría cambiar el curso de las cosas, que no había más remedio que ir formando pacientemente a las nuevas generaciones del partido y montarse muy a larga vista.

El estado de salud de Joffe, que no se había curado en el extranjero, empeoraba de día en día. Al llegar el otoño, no tuvo más remedio que abandonar el trabajo y meterse en la cama. Sus amigos quisieron mandarle de nuevo al extranjero, pero esta vez el Comité central se negó resueltamente a dar el permiso. Los stalinistas se disponían a expedir a los de la oposición con rumbo muy distinto. Mi expulsión del Comité central, a la que siguió poco después la del partido, produjo a Joffe más efecto que a nadie. A la indignación política y personal, venía a unirse la clara conciencia de su estado de impotencia física. Joffe, que veía las cosas con una gran claridad, comprendió que no se trataba de la suerte de un hombre, sino de la suerte de la revolución. Su estado de salud no le permitía lanzarse a la lucha. No luchando, la vida no tenía para él sentido. Y como era un hombre firme, sacó y puso por obra la consecuencia lógica de aquel dilema.

Por aquel entonces, yo no vivía ya en el Kremlin, sino en el domicilio de mi amigo Beloborodof, que seguí al frente del Comisariado del Interior, aunque los agentes de la GPU. Andaban colgados de sus talones. Beloborodof estaba pasando una temporada en su tierra natal de los Urales, esforzándose por llegar directamente a las masas obreras y buscar en ellas un apoyo en la campaña que venía librando con la Administración. Llamé por teléfono al domicilio de Joffe, para enterarme del estado de su salud. El mismo me contestó, pues tenía el teléfono junto a la cama. Su voz-no me di cuenta de ello hasta más tarde-tenía un tono extraño, de tensión e inquietud. Me rogó que me pasase por su casa. Algo surgió entre tanto que me impidió cumplir sin tardanza aquel ruego. Aquellos eran días turbulentos, y por el domicilio de Beloborodof estaban desfilando constantemente camaradas que venían a tratar de cuestiones inaplazables. Al cabo de una o dos horas, me llamó al teléfono una voz desconocida para decirme:

-Adolfo Abramovich se ha pegado un tiro. Encima de la mesita ha dejado una carta para usted.

En casa de Beloborodof había siempre algunos militares afiliados a la oposición montando la guardia, que me acompañaban cuanto salía con dirección a la ciudad. Nos trasladamos a toda prisa a casa de Joffe. Llamamos al timbre, golpeamos la puerta, y al cabo, después de pedirnos el nombre, nos abrieron, pero no sin que pasase un rato; algo misterioso ocurría allí. Sobre las almohadas cubiertas de sangre se recortaba el rostro sereno de Adolfo Abramovich, iluminado por una gran bondad interior. B., vocal de la GPU., revolvía en su mesa de trabajo. No había manera de encontrar carta alguna encima de la mesa. Pedí que me la entregasen inmediatamente. B. gruñó que allí no había ninguna carta ni cosa que lo valiese. Su talante y tono de voz no dejaban lugar a duda: mentía. Pasados algunos minutos, empezaron a concentrarse en casa del muerto los amigos, que acudían de toda la ciudad. Los agentes oficiales del Comisariado de Negocios Extranjeros y de las instituciones del partido se sentían solos entre aquella muchedumbre de gentes de la oposición. Toda la noche desfilaron por allí miles de personas. La noticia de que había sido raptada la carta se extendió por toda la ciudad. Los periodistas extranjeros transmitieron la noticia en sus telegramas. No había posibilidad de seguir secuestrando aquel documento. Al fin, entregaron a Rakovsky una copia fotográfica de la carta. ¿Por qué aquella carta que Joffe había dejado escrita para mí, con mis señas y metida en un sobre cerrado, se la entregaban a Rakovsky y no en su original, sino por medio de una copia fotográfica? No me lo explicaba. La carta de Joffe era imagen fiel de mi amigo, una imagen tomada media hora antes de morir. Joffe sabía bien cuál era mi actitud de cordialidad para con él, estaba unido a mí por un lazo de confianza moral muy profunda y me autorizaba para suprimir en la carta todo cuanto pudiera parecerme superfluo o inadecuado para la publicidad. Después de ver que le era imposible ocultar la carta a los ojos del mundo, el enemigo, cínicamente, procuró explotar en provecho suyo aquellas líneas precisamente que no estaban destinadas a ser conocidas del público.

Joffe quiso poner incluso su muerte al servicio de la causa a la que había consagrado su vida entera. Y con la mano con que media hora después había de llevarse el revólver a la sien, escribió su último testimonio y sus últimos consejos a un amigo. He aquí lo que acerca de mí decía Joffe, en su carta de despedida:

«Con usted, querido León Davidovich, me unen varias décadas de colaboración al servicio de una obra común, y me atrevo a decir también que de amistad personal. Esto me da derecho a decirle, al despedirme de usted, las que me parecen sus faltas. Yo no he dudado jamás de que el camino que usted trazaba era certero, y usted sabe bien que hace más de veinte años, desde los tiempos de la «revolución permanente», que estoy con usted. Pero siempre he pensado que a usted le faltaban aquella inflexibilidad y aquella intransigencia de Lenin. Aquel carácter del hombre que está dispuesto a seguir por el camino que se ha trazado por saber que es el único, aunque sea solo, en la seguridad de que, tarde o temprano, tendrá a su lado la mayoría y de que los demás reconocerán que estaba en lo cierto. Usted ha tenido siempre razón políticamente, desde el año 1905, y repetidas veces le dije a usted que le había oído a Lenin, por mis propios oídos, reconocer que en el año 1905 no era él, sino usted, quien tenía razón. A la hora de la muerte no se miente, por eso quiero repetírselo a usted una vez más, en esta ocasión… Pero usted ha renunciado con harta frecuencia a la razón que le asistía, para someterse a pactos y compromisos a los que daba demasiada importancia. Y eso es un error. Repito que, políticamente, siempre ha tenido usted razón y ahora más que nunca. Ya llegará el día en que el partido lo comprenda, y también la historia lo ha de reconocer, incuestionablemente, así. No tema usted, pues, porque alguien se aparte de su lado ni tanto menos porque muchos, no acudan a hacer causa común con usted tan rápidamente como todos deseáramos. La razón está de su lado, lo repito, pero la prenda de la victoria de su causa es la intransigencia más absoluta, la rectitud más severa, la repudiación más completa de todo compromiso, que son las condiciones en que residió siempre el secreto de los triunfos de Ilitch. Esto se lo quise decir a usted en muchas ocasiones, pero no me he atrevido a hacerlo hasta ahora, como despedida.»

El entierro de Joffe fué organizado para un día de labor y una hora de trabajo que hacían imposible, la asistencia del proletariado de Moscú. Sin embargo, asistieron a él más de diez mil personas, y el entierro se convirtió en una potente manifestación contra el régimen de Stalin.

Entre tanto, la fracción stalinista iba preparando el congreso del partido y esforzándose por colocarle ante el hecho consumado de una escisión. Las llamadas «elecciones» para las asambleas locales que habían de enviar los delegados al congreso se habían celebrado ya antes de abrirse oficialmente la «discusión», plagada de mentiras, mientras las columnas de silbantes militarmente organizadas según los métodos fascistas hacían fracasar las reuniones. Sería difícil imaginarse nada más infame que la preparación del 15.º congreso del partido. Para Zinovief y su grupo no era difícil adivinar que este congreso había de poner remate, políticamente, a la campaña de represión iniciada en las calles de Moscú y de Leningrado en el décimo aniversario de la Revolución de Octubre. La única preocupación de Zinovief y de sus amigos, ahora, era capitular a tiempo. No podían por menos de comprender, naturalmente, que los burócratas stalinistas no veían en ellos, en los del segundo rango de la oposición, el verdadero, enemigo, sino que la médula de la oposición estaba, para ellos, en el grupo de personas concentrado en torno a mí. Por eso tenían que confiar en que, al romper ostensiblemente conmigo ante la faz del 15.º congreso, conseguirían, si no la benevolencia, al menos el perdón de la otra parte. No se pararon a pensar que aquella doble traición iba a ser su muerte política. Y si bien, de momento, la decepción debilitó a nuestro grupo, asestándole una puñalada por la espalda, los desertores no salieron ganando nada, pues se hundieron, políticamente, para siempre.

El 15.º congreso expulsó del partido a la oposición en conjunto. Los expulsados fueron puestos a disposición de la GPU.

Fuente: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1930s/mivida/43.htm

Fragmento de El Partido Bolchevique (1963) . Pierre Broué.

  1. La lucha de la oposicion conjunta. La batalla de la plataforma

 

“En ambos bandos la manifestación del día 7 va a ser preparada cuidadosamente; sin embargo, los oposicionistas, valeroso puñado de luchadores entre una masa abúlica, parecen estar vencidos de antemano. Se cuenta con pocos detalles referentes al fracaso de la manifestación de Jarkov, encabezada en la calle por Rakovsky. En Leningrado, los oposicionistas llegan a alcanzar la tribuna oficial con sus pancartas pero posteriormente son hábilmente apartados por el servicio de orden que les aísla de la multitud reteniendo a Zinóviev y Rádek, hasta que todo el mundo regresa a su casa. No obstante, se producen buen número de incidentes entre la milicia y varios centenares de manifestantes encabezados por Bakáiev y Lashévich que visten uniforme. En Moscú los incidentes son más graves: los manifestantes de la oposición que se encuentran dispersos en pequeños grupos entre la muchedumbre que se dirige a la Plaza Roja, despliegan sus pancartas y banderolas; su número supera el centenar según el testimonio de un renegado de la oposición. Pero éstas son inmediatamente rotas y desgarradas por los activistas colocados a lo largo del recorrido que pasan después a rodear a sus portadores. Al parecer, sólo los estudiantes chinos pudieron conservar las suyas hasta la Plaza Roja. Inmediatamente después, los grupos que ya han sido localizados son dispersados y apaleados, algunos manifestantes son detenidos. Un comando entra en la Casa de los Soviets donde Smilgá ha colocado en el balcón de su piso una banderola y los retratos de Lenin y Trotsky: los militantes presentes son golpeados. Idénticos incidentes se producen en el Hotel du Grand Paris, donde Preobrazhensky, que ha encabezado la manifestación, es brutalmente apaleado. Trotsky, que ha llegado en coche, intenta arengar a una columna de obreros en la plaza de la Revolución. Inmediatamente es rodeado por los milicianos y escarnecido por ellos, suena un disparo que rompe los cristales del coche. No tiene más remedio que abandonar su intento.”

Fuente: https://www.marxists.org/espanol/broue/1962/partido_bolchevique.htm#h100