Por Benny Escobar
Un comunismo que aspire a transformar las condiciones sociales para garantizar una vida digna, bajo un modelo en el que las y los trabajadores produzcan, administren y planifiquen colectivamente la vida económica y social, requiere, sin lugar a dudas, confrontar el modelo económico capitalista vigente y hegemónico. Pero también exige enfrentar, sin ningún temor, a aquellos regímenes que se autodenominan «socialistas», aunque, en lo más profundo de su estructura, estén corroídos por una dinámica burocrática, persecutoria y piramidal, donde el producto del trabajo termina acumulándose en manos de un grupo reducido, reproduciendo así los mismos vicios del capitalismo.
Quienes nos reivindicamos trotskistas no podemos pasar por alto lo que sucede en Nicaragua: un pueblo sometido tanto al dominio de la oligarquía de la familia Ortega (1) como a la amenaza que representa la política trumpista.
La rebelión nicaragüense de 2018 puso nuevamente sobre la mesa la naturaleza autoritaria del orteguismo y la política de persecución ejercida contra la oposición interna. Como hemos señalado desde el Partido de la Clase Trabajadora, «la dictadura se ha concentrado en amedrentar al exilio nicaragüense de muy distintas formas, especialmente con la vigilancia sobre sus familiares en el terreno, procurando que no se den nuevos brotes de resistencia» (2).
La autonomía de cada pueblo para definir su rumbo político constituye un principio fundamental de la libertad de las naciones. No obstante, desde una perspectiva socialista al servicio de la clase trabajadora, no puede tolerarse el desarrollo de prácticas que atenten contra las libertades democráticas, incluso de quienes sostienen posiciones de oposición. Uno de los múltiples errores del orteguismo ha sido escudarse en el legado del sandinismo para imponer, mediante la fuerza, una agenda claramente autoritaria. A ello se suma, más recientemente, el anuncio de que «aquí no volverá a haber elecciones» (3).
Mientras una parte de la comunidad internacional se rasga las vestiduras en defensa de la democracia liberal, desde el trotskismo sostenemos que no existe una democracia plena mientras las decisiones sobre la producción, la distribución de la riqueza y la planificación económica permanezcan fuera del control de la clase trabajadora. Una democracia socialista exige que dichas decisiones sean ejercidas colectivamente por las y los trabajadores, con un papel central de la clase obrera en los distintos niveles de organización política y social, dentro de un modelo que supere la forma estatal tal como hoy la conocemos.
El pueblo nicaragüense enfrenta un falso dilema: por un lado, el orteguismo; por el otro, la injerencia encabezada por el trumpismo. Ninguna de estas alternativas representa una salida para la clase trabajadora pinolera. Ambas expresan proyectos políticos diferentes que, en última instancia, subordinan los intereses populares a los de sectores dominantes. Defender una intervención neoliberal extranjera o justificar la política represiva del régimen de Ortega constituyen, desde nuestra perspectiva, dos formas igualmente equivocadas de abandonar una política verdaderamente independiente de la clase trabajadora.
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