Dania Obando
Sobre una compañera, el silencio cómplice y lo que nos cuesta no mirarnos a los ojos.
“Nadie debería pagar con su salud el precio de ser quien es.”
La conocí en uno de esos ambientes donde el día empieza temprano y termina con el cuerpo agotado. Era trabajadora, puntual, de las que nunca pedían favores. Tenía una sonrisa que llegaba antes que ella misma.
Pero en ese lugar, su sonrisa no siempre fue recibida con gentileza.
Desde el primer día, algo en ella incomodó a algunos: su forma de moverse, de hablar, de vestirse.
Era una mujer cuya orientación sexual no encajaba en los moldes que muchos esperaban ver. Y eso, lamentablemente, fue suficiente para que se convirtiera en blanco.
Le asignaron las tareas más pesadas. No porque fuera la más fuerte, sino porque había quienes creían que ese era “su lugar”.
Las bromas llegaron después, primero calladas, luego en voz alta, luego frente a todos. Se reían de su cuerpo. De su voz. De la manera en que se ponía la ropa por la mañana.
Y ella aguantó. Como aguantan tantas.
Lo que nadie vio o quizás prefirió no ver fue cómo fue apagándose de a poco. Las noches sin dormir.
El estómago que ya no toleraba el estrés. Las visitas al médico que se volvieron más frecuentes que las risas. Su cuerpo empezó a decir lo que ella no podía gritar: ya no puedo más.
Un día, simplemente, no volvió.
Renunció. Se fue cargando con el daño que le hicieron —en el cuerpo, en la mente, en la forma en que se miraba al espejo— y dejó atrás a quienes nunca levantaron la voz para defenderla. Ni los jefes. Ni los compañeros. Ni, seamos honestas, muchas de nosotras.
Y ahí está el nudo que quiero que sintamos hoy.
El acoso no siempre llega en forma de golpe. Muchas veces llega disfrazado de broma, de “así somos aquí”, de silencio cuando alguien necesita que alguien hable.
El daño más profundo no siempre lo hace quien se burla, sino quien lo ve y mira hacia otro lado.
La sororidad esa palabra que a veces suena lejana no es un concepto para las redes sociales. Es una decisión cotidiana.
Es preguntar “¿estás bien?” cuando notas que alguien ya no sonríe igual.
Es decir “eso no está bien” cuando nadie más lo dice. Es no reírse. Es no quedarse callada.
Ella merecía un lugar donde trabajar sin que su identidad fuera motivo de castigo. Merecía compañeras y compañeros que la miraran como lo que era: una persona que solo quería ganarse la vida con dignidad.
Ojalá que la próxima vez que veamos a alguien cargar sola un peso que no le corresponde, tengamos el valor de acercarnos. No para salvarla. Solo para decirle: te veo, no estás sola, y lo que te hacen está mal.
A veces eso es suficiente para que alguien no se vaya.

